SUCEDIÓ EN OTOÑO

La oscuridad anticipa el descanso en este día otoñal. El valle de la Fueva desvanece su fisonomía altiva, las chimeneas pétreas, centenarias y silenciosas, de Charo, subliman el atardecer. Ramas de carrasca que arden en el hogar de casa Buil, confiesan sus secretos al fuego que las purifica. Sus llamas despejan la oscuridad de las cadieras que guardan viejas leyendas de pastores. Las chispas se precipitan sobre el suelo a los acordes de una melodía invisible, mágica y secreta. El gato hunde la cabeza entres sus patas delanteras. Sigue los movimientos y el pensamiento de Pilar con ojos de siniestra profecía.
“Cuánto tarda… Hoy ha hecho un día malo… vendrá cansado… en la peña Montañesa han caído las primeras nieves… "-se apoya en el respaldo de la cadiera, cierra los ojos, un suspiro profundo espanta al gato que huye a la bodega.
El aroma de los membrillos que adornan la mesa de la cocina impregna el ambiente, fuera, la noche ha extendido sus brazos sobre la ermita del San Salvador sobre el monte que custodian el pueblo. El silencio es absoluto. Una semilla amarga germina en el rostro de la mujer, nace en sus ojos pardos como encinas, una agonía que anuncia el dolor de una tragedia tantas veces presentida. El fuego se va muriendo sobre su propia ceniza y el cocer del puchero hace tiempo que ha cesado.
Acurrucada, Pilar se ha quedado quieta, fija la visión en el último rescoldo, sus labios se mueven, no se sabe si musitan una oración o una maldición. Los malos pensamientos quiere encerrarlos en el fondo de su alma pero no se dejan, siguen sendas tortuosas: " Lo habrán matado… ¿Por qué se apuntaría al maquis?”
Unos golpes en la puerta de la calle le sacan de sus tétricos pensamientos, acude corriendo por las escaleras gritando: ¡Chusé! ¡Chusé!...
Al abrir el portalón de entrada, la noche irrumpe a borbotones, recorre los rincones del patio de la casa, y, como un torbellino mortal, se apodera de la casa.
Una mujer joven, hermosa y sonriente, de mirada cariñosa le saluda: ¡Acompáñame! ¡Pilar, te voy a llevar junto a tu marido!
Rayos de luna se reflejan como gotas de rocío en la guadaña que lleva la hermosa dama vestida de blanco. Cogidas de la mano, recorren la única calle de la aldea y se hunden en el vientre de la noche sortílega. Una espiral de viento disipa los últimos hilos de humo que salen por la chimenea. Un perro, en la era de casa Balta, aúlla lúgubre a la Vieja Luna.
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