DESDE AQUÍ
Qué lluvia. Qué bóveda fugaz.Qué hayedos silvestres.
Nigromantes fatuos nivelan trigos y sangre,
recortes de sombras, vellocinos de humo.
Se dilata el vórtice del azul,
me desplaza del cerro a la estepa.
No tengo voz que gima
pero, este callado horror,
con la pátina de las horas,
que mata lo más extraño,
no osará quebrar el molino,
todo gira en el eco,
sueños, buitres, palabras.
Solo ese amor, y torrente de promesas.
Devolveré la pócima, que no el alambique.
ATHO

